viernes, diciembre 29, 2006

CARTA A UN HIJO

Con cariño... para los que son padres y para los que algún día lo
serán...

Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de
mal humor.
Te regañé porque te estabas tardando demasiado en desayunar, te
grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí
porque masticabas con la boca abierta.
Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu
ropa. Furioso te levanté por el cabello y te empujé violentamente
para que fueras a cambiarte de inmediato.
Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del auto
llevabas la mirada perdida. Te despediste de mi tímidamente y yo
sólo te advertí que no te portaras mal.


Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho
trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos tus
pantalones nuevos y estabas sucio y mojado.
Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los
zapatos; que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus
padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te
cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mi te indiqué que
caminaras erguido.

Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa.
A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de
pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa
grité que no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.

Al poco rato mi ira comenzó a apagarse.
Me di cuenta de que había exagerado mi postura y tuve el deseo de
bajar para darte una caricia, pero no pude. Cómo podía un padre,
después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido?
Luego escuché unos golpecitos en la puerta. "Adelante" ... dije,
adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste
indeciso en el umbral de la habitación.


Te miré con seriedad y pregunté: ¿Te vas a dormir? ... ¿vienes a despedirte?
No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin
que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos
cariñosamente.
Te abracé ... y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de
tu delgado cuerpecito.
Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso
suavemente en la mejilla.
Sentí que mi alma se quebrantaba.
"Hasta mañana papito" me dijiste.
¿Qué es lo que estaba haciendo?
¿Por qué me desesperaba tan fácilmente?

Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a
exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual.
Tu tenias unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo,
puro, bueno y sobretodo, sabias demostrar amor.
¿Por qué me costaba tanto trabajo?,
¿Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado?
¿Qué es lo que me estaba aburriendo?
Yo también fui niño.
¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?
Después de un rato entré a tu habitación y encendí con cuidado una
lámpara.

Dormías profundamente.
Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu
frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un bebé.
Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma
limpio y dulce.
No pude contener el sollozo y cerré los ojos.
Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste.
Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio.

Te cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitación.

Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás
que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des
cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida.

"Si lloras por haber perdido el Sol, entonces no podrás ver las
estrellas".